Compartir comida con nuestro peludo puede parecer un gesto inofensivo. Ese pequeño trozo de embutido mientras preparamos la cena o un poco de queso que queda en el plato se ha convertido en una costumbre para muchas familias. Sin embargo, que un alimento sea apto para nosotros no significa que esté pensado para un perro.
El veterinario Pancho Cavero llamó la atención sobre el exceso de sal que pueden aportar algunos de estos alimentos. En una publicación compartida en su perfil de Instagram, el experto advierte de que los perros procesan la sal de una manera diferente a las personas y señala que un perro de 15 kilos no debería superar, según sus indicaciones, los 100 miligramos de sodio diarios. Una sola rodaja de embutido, asegura, puede superar fácilmente esa cantidad.
La cuestión cobra especial importancia cuando estos pequeños bocados dejan de ser algo ocasional y pasan a formar parte habitual de la dieta. El exceso acumulado de sodio puede provocar deshidratación y daño renal y, en algunos casos, convulsiones, según explica el veterinario.
El problema no se limita al embutido. Cavero señala también a productos como los quesos, las patatas fritas o las sopas instantáneas, cuyos niveles de sodio están pensados para el paladar y las necesidades de las personas, no para las de un perro.
Además, los animales de menor tamaño pueden ser especialmente vulnerables, ya que la cantidad de sodio que reciben con un mismo bocado representa una proporción mayor respecto a su organismo. Por eso, el veterinario insiste en que no se trata de pensar que un pequeño trozo vaya a provocar necesariamente un problema grave, sino de tener en cuenta la cantidad acumulada.
No es la primera vez que los especialistas advierten sobre los riesgos de compartir las sobras de nuestra comida con los animales. Tal y como asegura Claudia Cañellas, experta en nutrición animal, uno de los errores habituales consiste precisamente en ofrecer a los perros lo mismo que comen sus tutores sin tener en cuenta los ingredientes utilizados.
El especialista recuerda que algunos alimentos habituales en la cocina humana, como el ajo, la cebolla o las uvas, pueden resultar tóxicos para los perros. A esto se suma que muchos platos están preparados con cantidades de aceite, sal o condimentos que no se corresponden con las necesidades del animal.
Por eso, que un perro pueda comer determinados alimentos frescos no significa que pueda consumir sin más un plato preparado para humanos. La alimentación casera puede ser una opción si está correctamente planteada, pero, como explica Cañellas, una dieta basada simplemente en alimentos como arroz y pollo puede resultar desequilibrada si no cubre todos los nutrientes que necesita el animal.
Cavero apunta a algunas señales a las que prestar atención después de que el perro haya ingerido alimentos con una elevada cantidad de sal. Entre ellas menciona que el animal beba mucha agua de repente, vomite o parezca desorientado.
Ante la aparición de estos síntomas después de una ingesta que pueda haber sido demasiado salada, el veterinario recomienda contactar con un profesional. No se trata de alarmarse ante cada bocado que el perro recibe accidentalmente, sino de evitar que los alimentos humanos con un alto contenido en sodio se conviertan en una costumbre.
En este sentido, la recomendación pasa por no utilizar las sobras como sustituto de una alimentación equilibrada. Si se quiere ofrecer comida casera de manera habitual, es importante conocer las necesidades concretas del animal y contar con asesoramiento profesional, especialmente cuando existen problemas de salud o se pretende que esa dieta sea su alimentación principal.
Al fin y al cabo, ese trozo que cae del plato puede parecer insignificante, pero si se repite todos los días, puede convertirse en un problema.